
Con profundo dolor, y también con gratitud y esperanza, despedimos a nuestra querida hermana María Guadalupe Filiberto, de la Congregación de Misioneras Parroquiales del Niño Jesús de Praga, quien falleció el 19 de marzo, en la fiesta de San José.
Lupita del Putumayo, quienes tuvimos la gracia de compartir su vida guardamos en el corazón innumerables recuerdos: su sencillez, su cercanía, su espíritu incansable y su capacidad de estar siempre atenta a los demás. Fue una misionera de salida, que caminó —y navegó— junto a su pueblo, especialmente con los más necesitados, acompañando, escuchando y sirviendo sin descanso.
Durante más de 50 años recorrió comunidades del Putumayo, conociendo a cada familia, a cada persona, llevando formación, esperanza y fe. Amó profundamente a los pueblos originarios, defendió sus derechos, promovió su cultura y trabajó incansablemente por su dignidad.

Lupita fue también formadora de jóvenes, sembradora de vocaciones, mujer de organización y entrega concreta. Siempre dispuesta a compartir lo poco o mucho que tenía, a actuar sin esperar el momento perfecto, fiel a su lema: “ahora o nunca”, “pilas y moscas”.
Valiente y directa, no dudó en alzar la voz frente a la injusticia. Pequeña en estatura, pero inmensa en espíritu, deja una huella imborrable en el Putumayo y en todos los que tuvimos la dicha de conocerla.
Hoy, aunque nos invade el dolor de su partida, nos sostiene la esperanza: creemos firmemente que ya goza de la presencia de Dios y que sigue intercediendo por nuestro Vicariato y por sus comunidades que tanto amó.
El buen vivir ya se hecho en ti plenamente.
Hasta pronto Lupita




